¡¡¡LOS DERECHOS HUMANOS SON PARA HUMANOS DERECHOS!!!

Aclaración:

El presente testimonio se presenta a los lectores como una crónica. Por este motivo, se debe leer de atrás (el principio) hacia adelante (desarrollo y final); en otras palabras, de lo más viejo a lo más reciente. En cualquier caso y dadas las circunstancias, de no disponer de mucho tiempo, me tomé la molestia de etiquetar algunos hechos o personajes para entrar en contexto. Dicho todo esto, a iluminarse con la verdad de mi testimonio.

7 ene. 2012






NO PARA CUALQUIERA

Érase una vez un individuo, de nombre Alexei, llamado el lobo del hombre. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo del hombre. Había aprendido lo necesario de las personas con buena moral, y era un individuo por demás inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a portar satisfactoriamente la espada por todos y estar así, tranquilo con su vida y la de los demás. Acaso ello proviniera porque en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo del hombre. Que los expertos se debatan si Alexei era realmente un lobo del hombre o la creencia de serlo fuera en realidad un producto de una terrible patología. No dejaría de ser posible que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso un fiero portador de espada en el estado de naturaleza y que muchos de sus educadores intentaran eliminar a la bestia mediante el culto a la ciudadanía, la igualdad ante una ley absurda cuando es ésta la que nos hace diferentes, el respeto legislado a la otredad y el escarmiento del obediente. Mucho podría decirse sobre esto y escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo del hombre, pues para él era obvio que el lobo era la persona. Lo que los demás pudieran diferir de todo esto, y hasta el lugar en que pudieran llegar a confundirlo, no podría ahuyentar la naturaleza agresiva del salvaje.
El lobo del hombre tenía, por consiguiente, una naturaleza humana y lobuna a la vez. Y esto no es singular ni raro, sino que es universal y el a priori del hombre en estado de naturaleza; pero mientras el común denominador buscaba apaciguar la naturaleza destructiva de su humanidad a partir de encerrar el instinto guerrero, Alexei, por el contrario, aceptaba su ser-lobo en un alma única de hierro y sedienta de sangre. Pero cuando el hombre que no niega sus instintos y busca ser excluido del Pacto no gobierna sino que es despreciado por quienes debieran obedecerlo para ser libres, la vida resulta imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna.
Ahora bien, a nuestro lobo del hombre ocurría, como a todos aquellos despejados y decididos que, en lo referente a la sociedad, debía vivir algunas veces como lobo y otras como hombre; pero cuando actuaba como lobo, el hombre en su interior estaba siempre asustado de las consecuencias de su albedrío. Por otro lado, cuando Alexei actuaba como hombre, el lobo, siempre indómito y celoso, se burlaba de la cortesía noble y delicada, mas nunca apartada de la paranoia, que representaba. La sociedad corrupta generaba en él una disparidad dualista irreconciliable entre la esfera pública y su conciencia. Por ejemplo, cuando Alexei-hombre repudiaba el accionar noble y sacrificado de nuestro sagrado ejército patrio al limpiar el suelo patrio de la infección de la subversión internacional, el Alexei-lobo, desde las sombras de su conciencia, se burlaba de él y lo acusaba de colaboracionista con el repudio a las tradiciones nacionales. Asimismo, cuando el Alexei-lobo deseaba destripar a un militante de la JP Descamisados en un acto público, su yo-hombre lo detenía, temeroso del panoptismo siempre presente en el orden social moderno y las consecuencias de lidiar abiertamente con una burocracia política autoritaria pero subversiva. Sólo raras veces, desde su exilio a la clandestinidad, Alexei pudo reconciliar su mismidad. Fueron unos pocos momentos de tranquila escucha de Carmina Burana.
Así estaban las cosas con el lobo del hombre. Es fácil imaginarse que Alexei no llevaba precisamente una vida agradable y venturosa. Pero, a pesar que no podemos decir que su vida era singularmente angustiosa, las ansias incumplidas de control de la naturaleza asesina y libertina de los otros a partir del monopolio de la fuerza militar en sus manos de lobo lo hacían sentirse desgraciado, pues fallaba a su destino como soberano del mundo. Alexei quería, como todo individuo, imponer su voluntad por la fuerza y no podía hacerlo si los hombres no lo excluían del Pacto o bien no reconocían el estado de naturaleza y, por tanto, vivían en constante miedo a ellos mismos sin la garantía de un soberano fuerte que los defienda. Y entonces el lobo del hombre debía esconder su verdadera naturaleza para evitar el repudio y el linchamiento de aquellos a los que deseaba defender del terrorismo rojo.
Quien, sin embargo, suponga que conoce al lobo del hombre y puede imaginarse su vida obstinada, está, no obstante, equivocado. No sabe, ni con mucho, todo. No sabe que en el caso de Alexei no dejaba de haber excepciones en las que pudiera respirar y expresar sus pensamientos sin sentir miedo de las consecuencias sociales que a él ello le acarrearía. También en la vida de este hombre parecía, como por doquiera en el mundo, que con frecuencia todo lo habitual, lo conocido, lo trivial y lo ordinario era una máscara de la vigilancia constante que el gobierno montonero tenía sobre él. Pero en la intimidad de su hogar, donde las cámaras de seguridad de Aníbal Fernández no podían penetrar, el mundo se volvía algo maravilloso aunque corruptible por la cultura subversiva y la ausencia de valores trascendentes y trascendentales. Pero el mundo era hermoso y perfectible, y entonces el lobo del hombre se arrebataba en alegría y jolgorio a la espera de una oportunidad para reparar las deficiencias y hacer del jardín social la cosa más bella extirpando las malas hierbas. Si estas horas breves y raras de felicidad compensaban y amortiguaban el destino incumplido del lobo del hombre, de manera que la ventura y el infortunio en fin de cuentas quedaban equiparados, o si acaso todavía más, la dicha corta, pero intensa, de aquellas pocas horas absorbía todo el sufrimiento y la frustración para consigo mismo y el resto de los hombres y aun arrojaba un saldo favorable, ello es una cuestión sobre la cual de nuevo la gente ociosa puede meditar a su gusto. También Alexei meditaba con frecuencia sobre ello, y estos eran sus días más ociosos e inútiles.
A propósito de todo esto, cabe aún decir alguna cosa. Hay bastantes personas de índole parecida a como era Alexei; muchos almirantes y tenientes pertenecen principalmente a esta especie. Estos hombres ambiciosos que desean ser quienes sean excluidos del pacto y representan una vida dualista entre la publicidad y la privacidad, una máscara para defenderse de los insubordinados herejes del materialismo, son los potenciales soberanos. Y estas personas, cuya existencia es muy agitada, viven a veces en sus raros momentos de felicidad algo tan fuerte y tan indeciblemente hermoso, la espuma de la dicha momentánea salta con frecuencia por encima de la cotidianeidad del oprobio, que este breve relámpago de tortura alcanza y encanta agónico y agitado a otras personas. Así se producen, como preciosa y fugitiva espuma de dicha el sufrimiento y la frustración personales, todas las sesiones de tortura, en las cuales un solo hombre atormentado sirve como medio a la satisfacción del poderoso portador de la espada de Heracles. Todos estos hombres, llámense como se quieran a sus hechos y sus obras, deshumanizadas completamente, son expulsados de la vida. Son héroes bravos y pensadores brillantes al auguro de la hora de la espada y sus existencias fluctúan en un océano de hipocresías sociales y difamación de los valores.
Para concluír este esbozo de análisis, diremos que todos los hombres, libres e iguales por naturaleza (y, por lo tanto, peligrosos), tienen sus caracteres, sus sellos, cada uno  tiene sus virtudes y sus vicios, cada uno tiene su pecado mortal. En el caso que nos  atañe, es decir, nuestro lobo del hombre era, en esencia, un hombre de Dios. Su vida abnegada giraba en torno a la devoción hacia Él y los Santos Evangelios. La mañana era para él el momento de meditación, de ostracismo revelador, de oratoria desenfrenada con Rosario en mano bajo la imagen tutelar del Vicarius Christi. Era en esos instantes preciosos del día que Alexei tomaba de Dios, que en su infinita virtud, le brindaba fuerzas para enfrentar los días de fracasos y más fracasos frente a los avances del tumor populista que deteriora el organismo-Res pública y al cual debía soportar para no ser condenado por las instituciones viciadas por el pecado y el paganismo.  Al mediodía almorzaba con sus compañeros de armas y creencias agradeciendo a los Santos por el pan en la mesa, intentando proporcionar alegrías para levantarle los ánimos a  aquéllos. Por la tarde, luego de haber continuado con sus lecturas habituales, se disponía a descansar y por la noche escuchaba Carmina Burana y celebraba el augurio de días más prósperos para él y seguros para los otros. Esa era su cotidianeidad y siempre lo había sido así; nunca vendió sus creencias por dinero o comodidades al mejor postor. Lo suyo era una obstinada caridad hacia la  sociedad que lo vio nacer y a la cual debía, por mandato divino, salvar de sí misma. Ninguna idea le era más horrible que la de no poder cumplir los designios del Señor, nuestro soberano celestial. No podemos dudar que sus convicciones eran las más fuertes y, por ello, estaba seguro que debía ser él quien hiciera obedecer al hombre para liberarlo de su instinto o hacer, al menos, que éste no interfiera en la vida de los otros generando una patología en el orden a establecerse bajo la  espada tutelar de aquél. En esto estaba su  fortaleza y  su virtud, aquí era incorruptible hasta la sana obstinación, aquí su carácter era firme. Pero a esta virtud estaba ligado también su sufrimiento. Le sucedía lo que le sucede a todos: la no concreción de su voluntad. Jamás pudo obtener su anhelo más preciado: la exclusión del Pacto.

¡¡Debo protegerte de ti mismo!!

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