¡¡¡LOS DERECHOS HUMANOS SON PARA HUMANOS DERECHOS!!!

Aclaración:

El presente testimonio se presenta a los lectores como una crónica. Por este motivo, se debe leer de atrás (el principio) hacia adelante (desarrollo y final); en otras palabras, de lo más viejo a lo más reciente. En cualquier caso y dadas las circunstancias, de no disponer de mucho tiempo, me tomé la molestia de etiquetar algunos hechos o personajes para entrar en contexto. Dicho todo esto, a iluminarse con la verdad de mi testimonio.

13 may. 2011

Informe sobre Salvación de Subversivas (P.O.C.A.-E.C.N.): Sobre la mujer subversiva

I

La mujer, como adelantamos previamente, es un ente ausente de razón. Su experiencia inteligible es nula. En cambio, sus percepciones sensibles son mucho más agudas de las de nosotros, los hombres. Ellas buscan, debido a eso, percibir sensiblemente la mayor cantidad de efectos de la naturaleza para poder desarrollar sus hábitos cotidianos. ¿Hay alguna diferencia, entonces, entre una mujer y una mascota?
Ciertamente no. Ambos son irracionales, ambos comparten experiencias sensibles y, así como las vacas que se alejan del alambrado eléctrico cuando reciben una descarga, las mujeres también se alejan de los peligros del universo público en la seguridad de la vida privada a través del hábito. Inevitablemente necesitan a los hombres para sobrevivir, para que les otorguen el espacio privado que convierten en hábitat, a cambio de ciertos beneficios. ¿No sucede lo mismo, acaso, con los perros, que si no fuera por el hombre morirían de hambre en las calles de las grandes urbes? Todo esto demuestra, irrefutablemente, que las mujeres son más similares a los animales al servicio del hombre que a éste mismo, al que calificaremos como un animal racional y político. ¿Cuál es, acaso, el beneficio que obtiene el hombre al brindarle seguridad a la mujer?
Una familia
El beneficio exclusivo de la procreación, de la continuación de su sangre en la historia. De la inmortalidad de su legado. ¿No es, entonces, el rol de la mujer el más importante a la hora de pensar las relaciones del hombre con otros seres? Desde su lugar en la esfera privada de la  vida del hombre –a la que definiremos como familia-, ella se encarga de la educación y salvaguarda de quienes han salido de su vientre: alimentarlos, criarlos, enseñarles a hablar, enseñarles a alimentarse y a rezar son sus funciones dentro de la familia y las cumple diligentemente fundando ese cumplimiento en el hábito, también llamado “costumbre”, en palabras de David Hume.
La naturaleza le dicta a la mujer esto: la procreación como función social y la privación al espacio de la familia. Dios, en su infinita sabiduría, sólo percibida por aquellos que gozamos de la experiencia inteligible, fue el que a través de las nociones de armonía social le otorgó a la mujer este importante papel. La señora de la casa es sólo señora dentro de la casa. Así lo quiso Dios al crear al Mundo y de esa forma lo han entendido nuestros antepasados.

II

Él ordenó la naturaleza
La mujer canaliza sus percepciones a través de las emociones. Su emotividad es proporcional al entendimiento del hombre. Ella, en tanto ente irracional, utiliza sus emociones para recrear una imagen del Mundo que le ayude a la sistematización de su vida cotidiana. Ella siente hambre, enojo, sed, enamoramiento, envidia, celos y otras tantas emociones… y, de acuerdo a su sentir, se relaciona con el resto de su pequeña esfera vital. Si no fuera porque las emociones estructuran su vida, no estaríamos delante de individuos claros y distintos sino de una masa caótica en su extensión e indefinida para nuestro entendimiento. Las emociones le sirven para el cumplimiento de su ciclo vital, así como a nosotros nos sirve la razón para cumplir el nuestro. ¿Podríamos acaso renegar de ello y argumentar que es una injusticia que la mujer deba obrar con emotividad y no con entendimiento?
De ninguna manera. Dios ha ordenado al Mundo de determinada forma y es necesario ver el conjunto armónico y no tan sólo a las partes imperfectas que componen dicha armonía. Sería iluso y malintencionado señalar que no creo individuos perfectos ya que, si así lo hubiera hecho, nos reconoceríamos en el objeto de estudio y formaríamos una sola entelequia. Dios, la mujer y el hombre, en definitiva, serían lo mismo: una sola unidad.

III

Pero esto no viene al caso. Como estábamos señalando, las mujeres son animales que obran con la emoción y no el entendimiento. Ellas siguen su derrotero vital a través de los dictámenes de la emoción, corriendo así los posibles peligros del engaño. Ella no distingue, en tanto ser ausente del entendimiento, la diferencia clara y distinta entre el bien y el mal. Por este motivo, es necesario que el hombre, a través de los preceptos de la razón, guíe a la mujer a los brazos de Dios. Ella, como criatura creada por Él, podrá ser bien recibida en un abrazo divino. Sólo así conseguirá su eterna salvación.

IV

¡Esto es sencillamente absurdo!
Sin embargo, debemos reconocer que existen agentes de Lucifer en la tierra. Estos hombres que presentan una falsa racionalidad –sofistas que, a través del manejo discursivo, definen incorrectamente al bien y al mal, desconociendo el camino dialéctico hacia la verdad y renegando de toda clase de moral- no hacen otra cosa que cautivar a las mujeres con bellas palabras y brillantes colores. Su actitud lacerante despierta en las mujeres emociones irreconciliables con los preceptos de la razón. El deseo de la igualdad, por ejemplo. Ya lo dijo Aristóteles en su Política a la hora de determinar que la igualdad es igualdad únicamente entre los iguales. Si la mujer es un ente irracional, no puede esperar jamás la igualdad con el hombre. Asimismo, nosotros no somos iguales a ellas en el plano de la emotividad. Ni siquiera somos similares en el plano físico y transgeneracional, siendo nosotros los que concebimos y ellas las que engendran a las criaturas que portan el apellido del padre. Es inevitable marcar esto, pues la idea de desigualdad es una verdad clara y distinta mientras que su contraria es tan sólo un sofisma que ayuda a revelar a la mujer contra la armonía natural y la infinita sabiduría de Dios. ¿Por qué es que hay hombres que desean invertir la natural estabilidad?
Bach señaló en una ocasión que la música es tensión y reposo. Quizás en esta frase del compositor barroco se encuentre el misterio de la subversión de los valores de Dios para con la mujer. Después de todo, ¿seríamos acaso dignos de abrazar a la divinidad si no somos capaces de resolver las tensiones en la armonía que Él, en su infinitud, nos ha interpuesto? ¿De qué valdría el camino hacia la dignidad si no existen retos? Uno de ellos es, sin duda, la salvaguarda de la mujer, su protección de los sofistas que invierten los valores de la verdad y el error, para conservar el reposo; y su reeducación, si han sido corrompidas por el pecado, para así resolver la tensión existente. De esta forma, conservaremos la armonía natural en perfecto estado y seremos dignos de la gracia divina.
Para los que todavía se mantienen ilusos sobre este punto, les pregunto: ¿Por qué debemos suponer que la mujer debe ser guiada a Dios si no existe el mal? Después de todo, si sólo hubiera un camino ascendente, sea ella portadora o no de razón, podrá conducirse por sí misma al abrazo de Dios con sólo caminar hacia adelante. El segundo camino, el camino del error, de la mentira, de la ausencia de verdad, fue entonces plantado por Dios para ofrecerle al hombre la posibilidad y el reto de su dignificación Ante los ojos divinos. Estos sofistas diabólicos, considerados a los ojos de los hombres probos como subversivos, fueron creados por Dios para probar el valor y la capacidad de los hombres de bien. ¿Pero cuáles son los valores con que estos sofistas confunden a la mujer?
Ya hemos mencionado el primero: el concepto de la igualdad de géneros. Repetir nuevamente lo antes señalado sería valerse de una innecesaria redundancia.
Libertad sexual
Un segundo valor es el de la libertad sexual. Este  engendro libertino señala que la mujer es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo e investigar su sexualidad. Nada más incorrecto para la moral. Ellos se aprovechan de la incredulidad de la mujer señalándoles que el placer del coito tiene una significación trascendental al acto de la concepción. Ellas reconocen, ignorarlo sería estúpido, una impresión placentera a la hora del acto sexual mucho más intensa que la de nosotros, los hombres. Dada su naturaleza emocional y habitual, buscarán repetir este acto sin el claro objetivo de la procreación, haciendo evidentes algunos medios alternativos para evitarla. Allí es donde surgen las prácticas sodomitas, en el deseo degenerado y voluptuoso que les han inculcado a las mujeres al señalarles que el placer no tiene otra finalidad que el placer mismo. La libertad sexual implica una clara desobediencia a las normas de la naturaleza que han definido a la mujer como un instrumento de procreación.
Un tercer valor es el de la libertad de movimiento.  Bien sabemos los hombres de bien que la mujer es un animal doméstico. En otras palabras, no permanece en otro lugar que no sea un espacio hogareño. Primero, la casa del padre. Luego, la del marido. Los subversivos les han inculcado a las mujeres el deseo irrefrenable de ingresar a la esfera pública de la sociedad, abandonando su hábitat natural. Esta aberración ha favorecido la exigencia, comprobada  enfermiza, de las mujeres de igualdad de géneros. Pero no sólo eso. Implica también la disolución del espacio privado de los hombres, puesto que disuelve la idea de familia.

V
A partir de estos conceptos o principios con los que la subversión opera sobre las mujeres, podemos caracterizar a la mujer engañada y corrompida por ellos de la siguiente manera:
Un animal irracional y doméstico que desconoce los principios que la definen; que se ha entregado al libertinaje y la voluptuosidad; que ha sido corrompida por el pecado y, no sólo lo admite sino que también lo disfruta; que espera destruir la armonía de Dios o –mejor aun- es utilizada para destruir la armonía de Dios. La mujer subversiva es un agente sumamente peligroso para el orden social, puesto que es, en sí misma, la negación de dicho orden.

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