¡¡¡LOS DERECHOS HUMANOS SON PARA HUMANOS DERECHOS!!!

Aclaración:

El presente testimonio se presenta a los lectores como una crónica. Por este motivo, se debe leer de atrás (el principio) hacia adelante (desarrollo y final); en otras palabras, de lo más viejo a lo más reciente. En cualquier caso y dadas las circunstancias, de no disponer de mucho tiempo, me tomé la molestia de etiquetar algunos hechos o personajes para entrar en contexto. Dicho todo esto, a iluminarse con la verdad de mi testimonio.

29 abr. 2011

Reflexiones en el día del animal. Momentos previos al día del trabajador y el documento encontrado.

El 29 de abril me encontraba en el patio de la Casita de la calle Sourdeaux, cebándome unos mates y reflexionando sobre el destino argentino. El día era especial para ello, pues era el día del animal. ¡Tantas pobres criaturas indefensas en las calles! ¡Por qué nadie hace nada por ellos! ¡Pobres, pobres, pobres!  Y estoy refiriéndome a TODAS las pobres criaturas de la tierra que no gozan de cultura y raciocinio: perros, gatos, caballos y demás pobres. A pesar de la pena que me da decirlo, pues es impropio de un alma piadosa como la mía o de cualquier otro hombre de bien, lo mejor que podrían hacer con esas criaturas es meterlas en bolsas de consorcio y tirarlas al Río de la Plata.
Matame por mi bien.
¡Pero claro! En lugar de obedecer a la divina razón de Dios que nos ilumina, las autoridades ejecutivas,  aplicando leyes contrarias a la naturaleza y valiéndose del silencio de una sociedad agotada y desinteresada, decidieron dar rienda suelta a la falta de compromiso con la vida. “Es inevitable, mejor que estén muertos a que vivan como viven, los pobres animalitos”, nos dice la voz de la razón de manera clara y distinta.  ¡Pero no! Ellos se valen del arte del engaño, del discurso <<protagórico>>, de la indecencia  y la falta de respeto al derecho natural y al derecho de origen divino. La herejía de los actuales gobernantes –no sólo de este país, pues ello implicaría necesariamente ser benévolo con el resto de América Latina, corrompida en la actualidad por el foquismo-  implica que no se haga lo que se debe de hacer: el exterminio de las masas excedentarias de la biósfera. Hay que limpiar el ecosistema de los animales callejeros que vienen a pedirnos monedas y a limpiarnos el vidrio del coche.
Pero, ¿por qué no se hace esto? La respuesta es simple y compleja al mismo tiempo: en primer lugar, el peronismo –movimiento populista con un líder o caudillo que se gana el favor masas de descerebrados a cambio del reparto de colchones-, con el objetivo de ganar elecciones, amplió los derechos de ciudadanía social –esa vil mentira del keynesianismo- y, de esta forma, se ganó el favor de los imberbes que lo llevaron al poder. ¡Qué trágica que es la historia argentina durante los gobiernos del déspota y sus sucesores! Ignoraron intencionadamente el uso de la razón y lo hicieron con fines electorales. Aumento el gasto del Estado Nacional a niveles insospechados; una burocracia inútil, docentes que hacen paro, insultos al campo y a la Iglesia, pobres cobrando subsidios por tener hijos o quedar embarazadas. ¡Toda esta anarquía empirista y pornográfica es consecuencia del uso y el abuso de la opinión pública –ente irracional- con fines políticos y no humanitarios! Matar a los pobres es humanitario, porque de esa manera se elimina la pobreza de un tirón, evitando la delincuencia y la vagancia. ¿O qué? ¿Sólo el delincuente debe ser considerado como humano? ¿Qué hay del delinquido? ¿Acaso no tiene derecho a gozar de su humanidad, que es más humana que la del delincuente, pues es moralmente correcta? El apoyo a la delincuencia implica en la actualidad la cosificación del delinquido. ¡Nadie respeta la propiedad privada y te vienen y te matan en la calle!
Los nazis se equivocaron. Estos debieron haber sido pobres y no judíos.
En segundo lugar, considero que el hecho de que Argentina haya sido históricamente un “crisol de razas” –como señalan muchos de los pensadores en la antesala del siglo XX- contribuyó a la conformación de una conciencia escéptica sobre qué era lo que debía ser exterminado y qué no. Se comprueba en este punto la profunda falta de interés en los intelectuales por establecer categorías sociales basadas en alguna utilidad práctica; y esto sucede porque no entendieron que la cuestión a analizarse no era racial sino socioeconómica. Está bien, la raza tiene cierta importancia, ciego sería al negarlo, pero ésta es una importancia secundaria. El nivel socioeconómico es el que hace un corte vertical en la sociedad entre “gente de bien” y “animales”. La raza, entonces, ocupa un papel subcategorizador dentro de las dos grandes categorías. En otras palabras, un francés con un gran poder adquisitivo es mejor que un italiano con gran poder adquisitivo;  y ambos que un boliviano con gran poder adquisitivo. Pero lo que debe primar es el factor socioeconómico, pues hace a los útiles y a los inútiles; a los indispensables y a los exterminados. Los pensadores del positivismo y el liberalismo no entendieron esto y es por eso que su régimen cayó en manos de un cerdo filo-fascista de tendencias corporativistas como lo fue Hipólito Yrigoyen.
Es por estas razones que tenemos la Argentina que tenemos. Ésta es una construcción, una formación y no hay generación espontánea.  Hemos sido unos ignorantes y continuamos pagando por nuestra ignorancia.

En otros órdenes, el día del trabajador se encuentra próximo. Como con el resto de las fiesta populistas, anarquistas, subversivas, comunistas, peronistas,  foquistas, anticlericales, antinacionalistas, segregacionistas, vomitivas y generadoras de inseguridad que hubieron transcurrido durante este año en el que ingresé en la clandestinidad, busqué a mis compañeros para reflexionar sobre la profunda crisis ética y moral de la sociedad argentina y plantear alguna idea para ponerle fin a la orgía de subsidios. Sentados en una mesa, bebiendo un poco de vino, nos encontrábamos Gallego, Tarantini y yo:
- ¡Esto no puede seguir así! – inicié la conversación.
- Es una verdadera vergüenza – me acompañó Tarantini, quien por esos días se encontraba algo congestionado.
- ¿No hay acaso nada que podamos hacer para detener a ese tifón de bárbaros, malentretenidos, vagos, asesinos del orden, anarquistas y, no me caben dudas, parias apátridas de hacer efectivos los actos del día del trabajador? – pregunté.
- Como siempre, yo tengo un plan – afirmó Gallego, con una sonrisa de oreja a oreja.
- Dilo, amigo mío – lo alentó Tarantini.
Acostúmbrese que siempre pasa lo mismo
- Es sencillo: el peronista, como lo hube dicho en otras ocasiones, es un animal de costumbres. No tengo dudas de que la Plaza de Mayo será ocupada por dos facciones del ejército de descerebrados. La una, la burocracia sindical, ilegítima en su existencia como toda corporación obrera, aspira a la concreción de un pacto social para raspar de las riquezas del Estado mediante la ley del mínimo esfuerzo. La otra, una juventud de carácter subversivo, caracterizada por afirmar que el peronismo generará una sociedad sin privilegios ni clases sociales, una verdadera utopía de pobres diablos que no comprenden las virtudes de la propiedad privada.
>> Ambas facciones, rivales entre sí por el favor del líder déspota y asesino de las buenas costumbres, compiten por ser reconocidas como el verdadero pueblo. Pueblo ignorante, pues es peronista. Siempre ocurre lo mismo y siempre la juventud es expulsada de la Plaza por las palabras del líder.  No me caben dudas de que en esta ocasión ocurrirá lo mismo.
- Tiene sentido – me alegré, pues la genialidad de Gallego nunca deja de sorprenderme -. Ahora bien – continué -, ¿qué es lo que podemos hacer para hacer imposible la gobernabilidad.
Tarantini sugirió una excelente propuesta:
- ¿Y si nosotros también recurrimos a las tradiciones y bombardeamos la Plaza de Mayo? Digo, como Isaac Rojas en el '55.
Se produjo un grave silencio. Gallego lo rompió con excitación:
- ¡Brillante, Tarantini! ¡Brillante!

No nos hicimos esperar y buscamos el teléfono del Círculo de Almirantes para sugerirle a alguno que haga efectivo el plan. Desgraciadamente, nunca pudimos encontrar la agenda… sin embargo lo que hube hallado fue algo más importante.
- ¡Muchachos! Miren esto – les mostré.
Era un pequeño  cuaderno de tapa dura y hojas amarillentas. En su portada se veía una etiqueta que decía:
Diario íntimo de José Luis Martínez Gullota