¡¡¡LOS DERECHOS HUMANOS SON PARA HUMANOS DERECHOS!!!

Aclaración:

El presente testimonio se presenta a los lectores como una crónica. Por este motivo, se debe leer de atrás (el principio) hacia adelante (desarrollo y final); en otras palabras, de lo más viejo a lo más reciente. En cualquier caso y dadas las circunstancias, de no disponer de mucho tiempo, me tomé la molestia de etiquetar algunos hechos o personajes para entrar en contexto. Dicho todo esto, a iluminarse con la verdad de mi testimonio.

12 mar. 2011

Camporazo (11 de marzo de 2011)

Me encontraba la noche del jueves en la casa de la calle Sourdeaux con Luque y Houseman, preocupados por el destino de la nación toda ante el evento que iba a efectuarse el día de ayer. No me refiero a otra cosa que el acto en la cancha de Huracán, convocado por la juventud díscola y ponebombas. Un acto propio de los regímenes fascistas que aleccionan a un montón de ignorantes,  brutos y violentos para atentar contra el status quo. ¡Oh! ¡Qué se puede hacer para combatir a un poder tan autoritario más que responderle con la misma moneda y ser, incluso, más autoritarios!
¿Por qué no te quedaste en tu silla?
Para sumar - ¡incluso! - más incertidumbre y preocupación a nuestras vidas, jamás pudimos hablar con el organizador de Expoagro. Mientras lo estábamos acompañando a su oficina, lo interceptó un director de cine y le beso el anillo que tenía en su mano. Este director, un viejo maloliente, subversivo, ponebombas y feo comenzó a alabar las virtudes del organizador y éste, mirándonos de reojo, nos dijo:
- Éste es el fin del recorrido, muchachos. Tengo cosas más importantes que hacer que hablar con ustedes.
- ¿Puedo, aunque sea, dejarle esta carta, señor? – le preguntó Luque.
El organizador asintió y tomó la carta. Se perdió, luego, entre la multitud junto al director de cine. La frustración que sentimos en aquel momento fue enorme. Daban ganas de matarse. Cuando hubo terminado Expoagro, lo buscamos a Houseman – que se había perdido entre llantos por la conmoción de coincidir políticamente con un judío – y nos marchamos los 3 a nuestro hogar clandestino en la Calle Sourdeaux, localidad de Bella Vista.

La casa militante de la calle Sourdeaux siempre perteneció al P.O.C.A. El objetivo de la misma fue, en un primer momento, servir de Unidad Básica para hacer política barrial y preparar a los vecinos de la ciudad ante el peligro de la inseguridad y el avance de la subversión y el comunismo en nuestras benditas tierras. Desde allí, se alentó ideológicamente al Movimiento encabezado por Aldo Rico en 1987, cuyo objetivo era reencauzar a la nación misma dentro del orden y las virtudes republicanas y desviarla de los pecados capitales que estaban cometiendo las autoridades elegidas por la gente, a saber: la persecución de los heroicos militares que dieron su vida por la defensa de la soberanía nacional, contra la subversión internacional foquista, a través de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Si no fuera por ellos, la que hoy sería izada en el mástil no sería la hermosa bandera celeste y blanca que nos enorgullece sino un sucio y maloliente trapo rojo. El P.O.C.A., gracias a la activa participación de sus intelectuales, pudo despertar el orgullo nacionalista entre los militares que combatieron heroica y probamente para prevenir a los sanguinarios alfonsinistas de los riesgos de continuar con su campaña vengativa, atea y contraria a las necesidades de la patria. Desgraciadamente, el objetivo final – la liberación de los presos políticos – no pudo llevarse a cabo hasta la presidencia del vendepatria Carlos Ménem; pero al menos, se le dio punto final al asunto de los juicios en proceso.
Hoy en día, la casa de la calle Sourdeaux – que abandonó su función de unidad básica en 1995 - es uno de los tantos hogares de cuadros militares del E.C.N. en el área metropolitana. No podemos quejarnos de los elementos que allí encontramos: armas, alcohol, cartas, armas, alcohol y armas, entre otras cosas. En total convivimos en perfecta armonía 5 cuadros: Luque, Houseman, Tarantini, Gallego (cabe destacar que estos 2 últimos no se llaman “Tarantini” ni “Gallego”, sino que son pseudónimos para proteger su identidad de los servicios de inteligencia de Aníbal Fernández) y yo.  Por fortuna, la convivencia era sencilla, puesto que todos exigíamos el mantenimiento del orden en la casa, sacando toda la mugre de raíz.

Me he ido un poco de tema, por lo que les pido a los lectores que me sepan disculpar. Lo que me sucede es que al hablar de los beneficios de pertenecer a una fuerza contrarrevolucionaria como el E.C.N. me pierdo entre las palabras y luego no sé bien dónde dar fin al divague y comienzo al relato que realmente importa. Como les venía diciendo, junto con Luque y Houseman nos encontrábamos, preocupación mediante en el ambiente, conversando acerca de lo que sucedería al día siguiente:
- Es preocupante, realmente – afirmó Houseman.
- ¡Sin lugar a dudas! – asintió Luque, emocionado - ¿Qué es lo que debemos hacer?
- No estoy seguro – respondió Houseman, escéptico a todo.
- ¿Podríamos ir al acto y estudiar los movimientos de la masa descerebrada? – sugerí, entonces.
- No me parece – me detuvo Houseman -, sería demasiado riesgoso para nosotros. Recuerda que Menotti no nos ordenó acción alguna. Por lo tanto, lo que estamos planeando implica movernos por cuenta propia e independencia de la cúpula. Imagínense si uno de los compañeros es reconocido por un subversivo y devorado por la multitud de salvajes. ¿Cómo explicaríamos la pérdida ante la cúpula de la organización?
Houseman, que era el miembro más veterano del E.C.N. en la casa, tenía mucha razón. No podíamos correr el riesgo de perder a un compañero en un acto político de los subversivos totalitarios. Era seguro que nos encontraríamos siendo una minoría insignificante frente al colectivo díscolo y rebelde auspiciado por el orden político. El riesgo era enorme. Claro, podríamos llevar armas al acto. Pero… y si nos revisaban antes de entrar a la cancha de Huracán. Estaríamos, entonces, desarmados. Aníbal Fernández y sus mercenarios, que de seguro estarían desparramados entre la multitud homogénea y embrutecida, nos tendrían a su merced.
La situación sobre el accionar del día viernes era una cuestión capital. No podíamos dejar que esos malditos enfermos de cáncer subversivo y terrorista se salieran con la suya. Lo único que nos quedaba era bombardear la cancha de Huracán con todos los maniáticos adentro. Quizás, sólo quizás, con eso se le habría de poner punto final al asunto. El problema pasaba, entonces, por conseguir aviones, bombas y pilotos para el día viernes. Las soluciones que pensábamos no eran para nada sencillas o consecuentes con la realidad.
- ¡Dejémonos de delirar un poco! – se quejó Luque.
- Sí, es verdad. Creo que no podemos hacer otra cosa más que esperar a que el acto se lleve a cabo y hacer algún berrinche por el caos en el tránsito. ¡Esto es tan frustrante!
Parecía que habíamos caído en un abismo, un cubo rubik desordenado. Nada podíamos hacer para detener a los incivilizados montoneros de cumplir su objetivo fundamental: el genocidio de la gente de bien. En medio de la tristeza y la frustración de los tres, se hubieron aparecido Gallego y Tarantini para sumarse a la conversación y, luego de los cordiales saludos, Gallego comenzó a hablar:
- ¿Se enteraron que mañana es el Camporazo?
- Sí – asentí -, estábamos justamente hablando de eso. Creo que es inevitable que se lleve a cabo. Por más frustrante que esto signifique, poner nuestras vidas en riesgo frente al enemigo en circunstancias tan adversas es un boleto de ida al más allá.
- ¡Idiotas! – nos reprochó Gallego, furioso - ¿Qué acaso pensaron en meterse en el acto para matar zurdos? ¿No tomaron en consideración que los peronistas, brutos como ellos solos, son animales de costumbres? Luego del acto, estoy seguro, irán a la Cárcel de Devoto para liberar a los presos políticos.
- Pero los peronistas no tienen presos políticos – le respondió, con mucha ironía, Houseman.
- Lo sé – continuó Gallego, sonriendo maléficamente -. ¡Pero es que no me escuchaste que dije que eran animales de costumbres! Van a ir a manifestarse a la Cárcel de Devoto por tradición. No son seres racionales como nosotros. Se guían por tradiciones y costumbres. ¡Pobres ilusos, ellos!
- Tiene sentido – lo alabé a mi compañero.
- Claro que lo tiene – se jactó.
- ¿Entonces qué? – preguntó Luque - ¿Deberíamos esperarlos en la cárcel, armados hasta los dientes, y esperar que lleguen para iniciar el combate?
- Lógicamente – asintió Tarantini.
¡Cómo es que no fuimos conscientes de la verdad que nos develó el querido Gallego! Era tan lógico, tan cierto lo que planteaba. Todo se reducía a una cuestión sencilla, la ubicación espacial de cada uno de nosotros  en edificios aledaños a la cárcel. Desde la altura y con nuestro armamento, la enorme desventaja numérica entre ambos bandos en disputa sería nada relevante. Además, contábamos con el elemento sorpresa de la emboscada. Ellos eran animales de costumbres y no sabían que nosotros conocíamos su modus operandi. Venceríamos, no me cabían dudas.  La masacre sería incomparable, la mayor de la historia argentina. Seríamos condecorados con las medallas de combatientes del E.C.N. Nuestros nombres serían tallados en piedra. Los bustos en nuestro honor  se posarían en todas las plazas de la santa república…
Bueno, nadie dijo que no pidiéramos, aunque sea, un poco de crédito por nuestro accionar. Nada de malo tiene ser ambicioso. El punto aquí es que era la oportunidad perfecta para dar punto final al gobierno subversivo, ateo, anticatólico, anticapitalista y terrorista. Las santas corporaciones volverían a la tranquilidad. Lo haríamos todo, sin ayuda de la cúpula ni de de los organizadores de Expoagro.  Sólo contaríamos con la ayuda de nuestros fusiles.
El plan debía ser llevado a cabo a la perfección. Por ese motivo, comencé a dibujar los planos.
Cuando hube terminado el primer boceto, se lo enseñé a los compañeros:

- Muy bien – me alentó Luque -. Entonces tú yo nos ubicaríamos en el interior de los edificios que están a los costados de la puerta de la cárcel.
- Correcto.
Comencé entonces el segundo boceto. Cuando lo hube completado, lo mostré como al anterior:
- No lo entiendo – se sinceró Tarantini.
- Es sencillo, ustedes estarían de frente a la puerta de la cárcel.
- ¡Ah! Ahora lo puedo ver más claramente.
Me dirigí hacia el primer boceto.
- Verán, lo más seguro es que los terroristas entren por alguna de estas 2 calles y se ubiquen frente a la puerta de la cárcel. Sería una cosa así – y me dispuse a trazar el posible recorrido de los subversivos:
- Eres brillante, Alexei – me alabó Gallego -. Deberías ser nombrado estratega de la alta cúpula.
- Gracias, compañero – me sonrose -. Cuando la masa uniforme y subversiva se agrupe frente a la puerta de la cárcel para hacer efectivo su ritual, ustedes tres comienzan a dispararles. Luque y yo atacaremos a los que quieren escapar por las calles aledañas. De esa forma, los tendremos acorralados.
¡Qué plan tan perfecto era el que había ideado! ¡Nada podría salir mal! ¡Para el fin de semana todo se habría terminado y brindaríamos por la victoria!

Llegó el día viernes. Viajamos temprano hacia la cárcel de Devoto y tomamos posesión de las 5 viviendas, atando a la gente que se encontraba allí dentro en resguardo de su propia seguridad física. Y, ya instaladas las armas, nos propusimos esperar.
La espera era interminable y la sed de sangre, muy intensa. Ya era de noche y no se aparecía ninguna turba subversiva hacia las puertas del penal.
- ¿Qué sucede? ¿Acaso no vendrán? – comencé a preguntarme en voz alta cuando ya era casi media noche.
De repente escuché el timbre de la casa. Me acerqué y pregunté quién lo tocaba.
- Soy Gallego. Ábreme, Alexei – me ordenó.
- ¿Qué es lo que sucede, compañero? – su cara no podía ocultar cierta frustración y vergüenza.
- Cometí un pequeño error de cálculo. La liberación de los presos de Devoto no se produjo el 11 de marzo de 1973, sino el 25 de mayo del mismo año. No fue con la victoria en los comicios sino con el ascenso de Cámpora a la presidencia. ¡Qué estúpido que he sido!
- ¿Quieres decir que no vendrán?
- Lo siento mucho.
Mi frustración no tenía límites. No sólo no pudimos cumplir nuestro objetivo, sino que también el plan quedaba obsoleto. Ya no sería sencillo – por no decir que será imposible – tomar posición en las viviendas que hubimos ocupado por la tarde. La falta de rigor histórico de Gallego lo único que consiguió fue empeorar nuestra situación. No sólo el acto había tenido lugar y sido un éxito rotundo, sino que quedamos como unos estúpidos.