¡¡¡LOS DERECHOS HUMANOS SON PARA HUMANOS DERECHOS!!!

Aclaración:

El presente testimonio se presenta a los lectores como una crónica. Por este motivo, se debe leer de atrás (el principio) hacia adelante (desarrollo y final); en otras palabras, de lo más viejo a lo más reciente. En cualquier caso y dadas las circunstancias, de no disponer de mucho tiempo, me tomé la molestia de etiquetar algunos hechos o personajes para entrar en contexto. Dicho todo esto, a iluminarse con la verdad de mi testimonio.

22 feb. 2011

Carta a mis padres

Cuando hube llegado a Retiro desde Santos Lugares, fui al bar más cercano que tenía y, desde allí, comencé a escribir una carta a mis padres,  explicándoles mi situación. De no hacerlo, no me caben dudas del sufrimiento por el que habrían pasado. Es posible que reclamaran por mi aparición con vida en los medios de comunicación apartados del manejo impune y monopólico del Estado Nacional pero, si bien eso quizás podría beneficiar la causa y desestabilizar al gobierno, no estaba dispuesto a hacerlos sufrir, por más noble que sea la razón.
A continuación transcribiré la carta entera, sabiendo que su valor emotivo es capaz de convencer a cualquier díscolo de su error:

Queridos Mamá y Papá:




Ante todo quiero expresar cuánto los amo a ustedes: los amo mucho. No me es sencillo, por tanto, escribirles una carta como ésta. Debo cortar por lo sano y ser directo con ustedes: a partir del día de hoy me convertiré en miembro activo del Ejército Contrarrevolucionario de la Nación y, por ese motivo, ingresaré de manera definitiva en la clandestinidad. Creo que es el gesto más altruista que he hecho en toda mi vida y supongo que ustedes estarán orgullosos de mi decisión, aunque les signifique no volverme a ver nunca más. Sé que en el fondo, y a pesar de las lágrimas que todos derramamos y seguiremos derramando, ésta es la mejor forma para colaborar en la construcción de un futuro verdaderamente próspero para nosotros.

Tantos recuerdos se me vienen en estos instantes a la cabeza, como pinturas en una exhibición. Es todo muy fuerte, como si viera mi vida entera a través de mis ojos.

Recuerdo al Nono. Siempre con sus divertidas anécdotas. se me están viniendo a la cabeza particularmente 2: la primera de ellas fue aquélla en la que descorchó un champagne con sus amigos del comité mientras caían bombas en la Plaza de Mayo. ¡Los aplausos! ¡La borrachera! ¡Y todo al grito de “¡Viva la Marina!”! ¿No parecía aquello producto de un cuento de hadas? Y, sin embargo, allí estaban los documentos vivos de aquella obra de coraje que, a pesar de haber terminado frustrada en su principal objetivo, dejó semejante marca en hombres probos. Me acuerdo que todos los 16 de junio se le humedecían los ojos y contaba todo con lujo de detalles y una pasión impropia de un hombre de apariencias tan frías. El recuerdo de aquel día era una de las pocas cosas que solía conmoverle.

La segunda historia que siempre relataba recuerdo que transcurrió la noche en la que empezaron los peronistas a quemar iglesias. ¡Qué acto tan vil! ¡Qué horrible todo lo que hicieron desde la impunidad del poder! ¡No hubo ni habrá en la Argentina un hecho tan detestable como aquél! ¡Nunca jamás lo habrá! Bueno, me estoy dejando llevar por la emoción, lo mejor es que continúe. ¿Recuerdan que siempre contaba que había salido con sus amigos de la casa de uno con escopetas - con algunas copas, claro está -, para ajusticiar a unos peronistas? ¡Yo sí! ¡Estaba tan orgulloso de sí mismo cuando lo contaba! Parece como si lo estuviera viendo ahora mismo: sentado siempre en su sillón – era su lugar, nadie podía sentarse allí sin recibir un coscorrón de su parte -, expresando con gracia que “¡A uno le metí un tiro en la cabeza! ¡Los sesos, desparramados por todos lados! Un amigo mío, Víctor, que en paz descanse, le pegó una paliza tremenda a un chico que habrá tenido 14 años. Cuando la madre del pibe fue a intentar parar a Víctor, éste le rompió la mandíbula con el fierro de la escopeta. Te digo, si bien no pudimos salvar la casa de Dios, ¡le hicimos honor a su nombre deteniendo a aquellos salvajes!” ¡Qué personaje era el Nono! ¡Se me pianta un lagrimón cada vez que me acuerdo de él! Creo que estaría muy orgulloso de mí hoy en día.
¡Y la Nona! ¡Qué ejemplo de mujer! La recuerdo cocinando ñoquis caseros y comiendo sola en la cocina mientras su marido y las visitas lo hacían en el comedor.

Recuerdo cuando vos, papá, me contaste cómo la conociste a mamá. ¡Hermosa historia! Vos estabas haciendo el servicio militar obligatorio y te había tocado Marina. Una noche, uno de tus compañeros se había traído de contrabando una botella de tequila. Se pusieron borrachos y salieron a navegar en un bote que previamente habían llenado de armas. Navegaron hasta una isla del Tigre y, desde allí, comenzaron a cantar y disparar al cielo. Fue entonces que el Nono salió con su escopeta de la casa de fin de semana que había comprado en 1948 y, al ver que no eran ladrones sino conscriptos de la Marina, los invitó a pasar a tomar unos tragos y hablar de la Revolución Libertadora. Como le caíste muy bien al nono, te dijo que fueras cuando quisieras para allá que te iba a presentar a su hija. Esa hija suya resultó ser mamá. Vos siempre dijiste que te enamoraste más del abuelo que de tu mujer, y por la estrecha relación que cultivaste con él, no lo dudo ni por un instante.

Recuerdo también las clases de catecismo y lo bueno que era el profe con todos nosotros. Siempre nos estaba abrazando y dándonos mimos. Era un tipo muy cariñoso. En una ocasión, recuerdo que le pregunté si él había vivido los incendios en las iglesias y, dándome unas palmaditas en la baja espalda, me dijo que sí y que “nosotros los curas nunca debimos ser víctimas de ningún tipo de persecución”. ¡Qué hombre de ideas claras! ¡Y qué corazón que tenía! ¡Le derramaba su amor a todos sus alumnos! Me enteré hace poco que falleció. ¡No se dan una idea de lo que lo lloré!

Junto a estas anécdotas que he escrito, hay miles de otras tantas que se continúan proyectando ante mis ojos. Escribir sobre todas ellas haría interminable esta carta. Por este motivo, voy a terminarla ahora mismo. Les reitero que los amo con toda mi alma y espero que sientan mucho orgullo de mí y que algún día, cuando todo esto acabe, podamos estar nuevamente todos juntos para comer un asado. Los quiero muchísimo y la dejo acá porque las lágrimas recorren mi rostro.



Alexei

Luego de pasar al baño para lavarme la cara, llamé con mi celular – sería quizás la última llamada que haría  con mi celular – a Ardiles, el taxista. Le pedí que nos encontráramos en aquel bar. Cuando hubo llegado, le entregué la carta, pidiéndole que la dejara en el buzón de entrada de la casa de mis padres. Luego, nos dimos un fuerte abrazo lleno de afecto.