Al cabo de un tiempo volvió mi novia a la casa. El perro, al verme, comenzó a mover la cola con una gran alegría. Ella se acercó para darme un beso y se detuvo al percibir mi turbación.
- ¿Pasó algo mientras yo no estaba, Alexei? – me preguntó.

Comencé a explicarle con lujo de detalles
lo que había sucedido poco tiempo antes de que ella hubiera vuelto. La visita de Houseman, la carta de Menotti, todo. A pesar de su habitual optimismo, mi novia, Claudia Casabianca (su nombre, en realidad, no es este; pero decidí llamarla así para evitarle un mayor peligro del que está, ya de por sí, corriendo), se encontraba bastante alterada ante la noticia que le hube dado. Nuestros ojos se encontraron y ella rompió a llorar. Entonces comprendí que me amaba profundamente y su amor era bien correspondido.

- Vayámonos de aquí – sugirió -. Mi familia tiene una quinta en Pilar. Allí podríamos hacer una nueva vida. Rentar esta casa y vivir del alquiler de propiedades. Podemos ser felices, en el country. Tener hijos, muchos hijos. El perro tendría más espacio para correr y jugar, ahora que tiene la patita curada. Sé feliz conmigo. ¿Qué me dices, amor?
- No es una mala idea, Claudia. Y créeme, no hay cosa que me haría más feliz en el Mundo que vivir contigo en un barrio privado en Pilar, lejos de toda la crueldad y la violencia estatal; tener de vecinos a las personas más buenas y respetables del Mundo, o al menos del país; criar a mis hijos para que respeten los valores nacionales como el himno, el poncho y la escarapela; ser, en definitiva, un ciudadano promedio de buena cuna. Sin embargo –continué -, hacer eso implicaría fallarle al colectivo de la organización. Implicaría abandonarla, ser un cobarde. Es por ello que no pue…